Thursday, July 30, 2015

LOS REVOLUCIONARIOS


 
“El principal revolucionario del Siglo XX no era Lenin ni Stalin. Era Hitler”.John Lukacs 

  Detrás de todo aquel que se pretenda, actúe y haya asaltado el poder en nombre de la revolución – de Lenin a Castro y de Stalin a Mao, incluso Hugo Chávez – trepida el espíritu malvado, devastador, maquiavélico, genocida, fabulador, criminal, canalla, inescrupuloso, ultrajante y devastador de Adolfo Hitler.

 Antonio Sánchez García 
30 de julio, 2015
 
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            Más allá de las profundas transformaciones sufridas por el planeta en los dos últimos siglos, o más si comenzamos por los prolegómenos de la revolución francesa en la segunda mitad del Siglo XVIII, muchos de los conceptos y categorías que han regido la cartografía política e ideológica surgidos en el marco de dichas transformaciones se han desgastado, han sufrido cambios significantes o han llegado a representar lo contrario de lo que pretendieron en sus orígenes. ¿Qué es la izquierda, qué es la derecha, hoy? ¿Qué es ser conservador y qué es ser liberal? ¿Qué es ser reaccionario, qué es ser un progresista? ¿Qué es ser retrógrado, qué es ser revolucionario?
 
            Se trata de términos antinómicos, con una subyacente valoración moral que, si en un comienzo pretendió ser unívoca, con el paso del tiempo ha degenerado en sus contrarios. La historia ha dado pruebas de conservadores progresistas, como Churchill y de izquierdistas profundamente reaccionarios, como Stalin. Con excepción tal vez del adjetivo “revolucionario”, aparejado desde siempre con las resonancias del cambio radical, profundo de las estructuras para permitir la emergencia o el nacimiento de lo nuevo que pugna por alcanzar la luz de la creación. Si bien la categórica afirmación del historiador norteamericano John Lukacs echa por los suelos toda presunción de que la bondad está del lado de los revolucionarios. ¿Hitler más revolucionario que Lenin o Stalin?
 
En América Latina, a partir de la estabilización de las repúblicas surgidas de la revolución independentista y el establecimiento de regímenes caudillescos, dictatoriales, autocráticos y conservadores, el término degeneró hasta escapar de sus significado originario para descender al ámbito de la geología social. Las revoluciones decimonónicas no sólo dejaron de ser expresión del fondo creativo de lo nuevo, movidas por las conciencias más emancipadas y cultas del momento, con grandes figuras intelectuales como Simón Bolívar o Andrés Bello,  para no ser más que convulsiones esporádicas y violentas del enfrentamiento faccioso entre montoneras, caudillos y grupos civiles y militares luchando en conflictos fratricidas por apoderarse del gobierno, sin aclarar incluso sus motivaciones. Un historiador venezolano, Salcedo Bastardo, sumaría más de cien de tales convulsiones en el curso del siglo y otro diría de ellas: “Las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos.”  El autor de este desolador diagnóstico fue Luis Level de Goda Su obra,  Historia Contemporánea de Venezuela, Caracas, 1893. Y tampoco el balance de las revoluciones republicanas originarias hecho por Simón Bolívar un año antes de su muerte en su ensayo Una visión sobre la América española refiere otro panorama que no sea el del “caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y largas y horrendas tiranías”. Las revoluciones se habían bajado del pedestal de la gloria para encharcarse en la sórdida lucha por el poder con fines espurios. Y los conceptos, aunque antinómicos, absolutamente intercambiables: “Si hubieran dicho federación, nosotros hubiéramos dicho centralismo”, exclamó Antonio Leocadio Guzmán, el padre del liberalismo venezolano. Pudo perfectamente haber apadrinado el conservatismo y no hubiera cambiado nada.
 
2
 
            Viví el desprecio por esa suerte de revoluciones contrarrevolucionarias, asomadas en Nostromo con el obvio menosprecio británico por el Caribe grancolombiano, real maravilloso y  bananero de Guzmán Vento y el Cabito, al llegar a Berlin a comienzos de los sesenta. Recuerdo haberle oído a mis compañeros berlineses burlarse de las repúblicas bananeras latinoamericanas – para ellos todas las nuestras lo eran – a las que llamaban repúblicas Long Play: “33 revoluciones por minuto”. Para inmensa desgracia de la región, cosa que por entonces ni siquiera intuimos, el concepto, aplicado a América Latina y al Tercer Mundo – una categoría, tal vez la única inventada por el coronel Juan Domingo Perón -  sufrió un vuelco epistemológico de índole copernicano con la asonada de uno de sus más adelantados discípulos, el caudillo cubano Fidel Castro, que montándose en el furgón de cola del marxismo leninismo – Hitler estaba muerto y aunque él lo hubiera preferido, no podría subvencionarle sus ambiciones - , ya por entonces pisoteado y escarnecido por el matadero estalinista, sacó la leyenda revolucionaria del desván de las antiguallas y lo puso a valer en el mercado de las ideologías. La revolución volvió a ponerse de moda y a hacerse respetable  y digna de la revista Hola.
 
            Chávez, la clásica figura de esas revoluciones bochornosas,  prostibularias y matarifes del Siglo XIX, lo comprendió con la mercurial rapidez de sus instintos carroñeros. Y supo como en una revelación del espíritu santo que si quería sobresalir del montón y ser más que un Monagas o un Cipriano Castro, que un Joaquín Crespo o un Zamora – valga decir: un pariente cercano de un asaltante de caminos, ladrón y desmadejado, folklórico y facineroso como su sórdido pariente, sapo y delator,  llamado Maisanta -, tenía que venderle el alma a Fidel Castro, poseedor aunque por entonces ya devaluada, de la franquicia marxista leninista en América Latina. Resultó tan bochornoso como el Cabito, tan abusivo y despótico como Gómez, tan analfabeta como Cipriano Castro y tan ladrón como Pérez Jiménez, si bien infinitamente peor que todos ellos reunidos. Ni Lenin, ni Stalin, ni Mao fueron sus antecedentes. Fue el Cabito, ese mono saltarín que caricaturizaban los europeos encamándose con cuanta devoradora de caudillos lo asaltara al final de sus jornadas – en su caso se cuentan por cientos, de todos los tamaños, edades, colores, estado civil y prosapias, como le confesara el comandante Luis Pineda Castellanos, su ayuda de cámara,  a la periodista Berenice Gómez. Fue el capataz de una Venezuela rebajada a hacienda personal suya, como Gómez; el represor incontinente, como Pérez Jiménez. Pero ni fue un patriota, como el primero, ni un parco y severo administrador, como el segundo, ni un desarrollista compulsivo, como el tercero. Fue la caricatura bochornosa y devastadora de todos ellos.
 
3
 
            La afirmación de Lukacs, corroborada en todos sus términos por Sebastian Haffner en sus Anotaciones sobre Hitler, del carácter auténticamente revolucionario de Hitler, es definitoria, porque le quita todo brillo generoso, idealista, especular, humanitario y ecuménico al revolucionario. Un revolucionario no es aquel que, como lo pinta la caricatura de Robin Hood, le roba a los ricos para dárselo a los pobres, o el Nazareno que se deja crucificar para expiar los pecados del mundo, ni el guerrillero heroico que combate por los desheredados, el vengador de agravios y entuertos, el héroe desinteresado que sacrifica todo lo que posee para dárselo a los desposeídos. Es un rufián que asesina en serie y a mansalva, que no respeta acuerdos, normas ni leyes, que traiciona, atropella, estruja y convierte en bagazo cuanto toca, que no tiene escrúpulos ni consideraciones a la hora de aprovecharse de todo y de todos para sus fines de Poder absoluto, que hace tierra arrasada de las instituciones, usos y costumbres movido por su delirante, cósmica y colosal ambición de convertir el mundo en su mujer y violarla, ultrajarla y someterla a sus designios cuantas veces se lo pidan sus instintos salvajes. Saturno devorando a sus hijos. No se hable de sus esbirros, tanto o más rufianescos, asaltante y bandoleros que su líder máximo, su comandante supremo.
 
            Más que Lenin, que era un pequeño burgués, o que Stalin, que era un zar campesino o un caudillo caucásico,  o un Trotski, que era un necio – según los caracteriza el mismo John Lukacs en su extraordinaria obra Cinco días en Londres, Mayo de 1940 – el verdadero revolucionario del Siglo XX fue Hitler, quien animado por su furia revolucionaria puso en pie de guerra a una Nación esquilmada, derrotada, traicionada y agarrotada como Alemania, que introdujo cambios absolutamente revolucionarios en la organización y el armamento de sus fuerzas armadas, que dominó el arte de la guerra, sin haber sido un militar de carrera, y se tragaba naciones peq8eñas como Holanda en días, medianas como Bélgica en semanas, poderosas como Francia en meses. Que no respetaba tratados, acuerdos ni convenios, que decidió exterminar a uno de los pueblos más cultos, tradicionales y fundadores de nuestra cultura – los judíos – y pretendió en vida dominar el mundo. Pero por sobre todo: aquel que puso los hábitos, usos y costumbres de su país “patas arriba”. De la revolución sexual a la emancipación femenina, del amor libre a la unidad monolítica del pueblo. Para al final querer exterminarlo por no haber estado a su altura de genocida apocalíptico. 
 
            Detrás de todo aquel que se pretenda, actúe y haya asaltado el poder en nombre de la revolución – de Lenin a Castro y de Stalin a Mao, incluso en la versión más polvorienta y subdesarrollada de esa estirpe, como Hugo Chávez – trepida el espíritu malvado, devastador, maquiavélico, genocida, fabulador, criminal, canalla, inescrupuloso, ultrajante y devastador de Adolfo Hitler. Ninguno de ellos, como quisiera Nietzsche, es un ejemplar del Súper Hombre. Todos ellos son la degradación de lo humano hasta dar con el Sub Hombre.
 
            El Che Guevara, revolucionario entre los revolucionarios, que se baja de su motocicleta y entra al escenario de la historia desafiando su asma con un descomunal habano, atropellador, delirante, engreído y soberbio, hace mutis pocos años después en harapos, andrajoso, la perfecta imagen del lumpen del que salieran todos ellos. Chávez no fue la excepción. Se empeñó en devastar a Venezuela para terminar como lo quisiera su destino: consumido por el horror, la cobardía, la soledad. Antes de llegar a esos estados, Hitler prefirió pegarse un tiro. Fue el revolucionario perfecto.

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