Sunday, October 20, 2019

EL PUEBLO CUBANO ABRUMADO POR ESTAFAS

ICLEP-COCODRILO CALLEJERO: Los sobornos locales terminan en estafas.

Rastro arabense cerrado. Foto: ICLEP


Por: William Acevedo. Periodista Ciudadano
Es práctica litigante el camino más corto cuando todos los santos tiran de los pies; y hoy en Cuba no queda santo que no agregue peso muerto al día a día del descamisado.
Acceder a un simple documento, el intento de abordar un ómnibus, comprar una botella de aceite o un pedazo de pan es como ir a una guerra. Sufrimiento y dolor que linda entre el captopril y la agorafobia. Cualquier gestión de los humildes de esta isla –en el poder– deriva en montaña de obstáculos; y la gente necesita diez minutos de paz. Entonces, qué más da ofrecer algo a cambio de esos diez minutos de paz. Es una realidad presente en múltiples variantes.
El soborno constituye el camino más corto para sentirse valorado, para creernos humanos. Solo existe una salvedad: cuando el mochazo viene de más arriba los sobornos a funcionarios locales casi siempre terminan en estafas.
Contrario a lo que piensan los teóricos no hay nada más importante en un país que las comarcas. El mismo aislamiento de los municipios conlleva a la génesis de fenómenos sociales que luego se amplifican en las ciudades.
Se muestra al verdadero hombre y lo que puede dar de presentarse ciertas condiciones. En los pueblos hay de todo. Con las miradas superiores a la distancia se pregona el folleto y se hace otra cosa, que por lo general nunca salen a la luz.
Son varios casos en los que ha tenido que presentarse la policía extranjera –no oriunda de la zona– para destapar un avispero; cuando los que más conocen de lo que pasa en el pueblo son precisamente los que viven allí.
Al final, la frase de consuelo para aquellos ingenuos que aportaron recursos en busca de impunidad: “La cosa vino de arriba no pudimos avisarte”. No es un misterio, tales situaciones están a la orden del día. Ha llegado para quedarse: hoy el soborno es el pan nuestro de cada día. Difícil es acceder al cemento, medicamentos y de todo cuanto hay en esta tierra si no aparece el menudito.
Lo categórico del dilema radica en que la población sabe que todo costará algo más, si aspira a los diez minutos de paz.
Nadie escapa a esto. El militar de bajo e intermedio rango, el maestro y el obrero deben entrar por la canalita. De lo contrario, las trabas son inmensas. Más fácil sería escalar el Everest.
Un ejemplo de ello es la venta de materiales de construcción. En los llamados rastros aquel sujeto que sola cuenta con dos pies y el recurso justo por ley nunca accederá a una bolsa de cemento. Está escrito en las mismas piedras que forma el cemento. Tan es así, que en la segunda semana de julio explotó el rastro arabense. Los necesitados en la cola y por el costado salían los coches tirados por caballos cargados de insumos. La policía cargó con el administrador y demás empleados. La impunidad había calado en la cordura: se aflojaron los límites. Hasta fuera del municipio se estaba reven-diendo el cemento de Los Arabos.
Al punto se llega cuando la autoridad precisa de un recurso y no hace la fila como el resto del pueblo. El sujeto a cargo de vender advierte el filón para incrementar su patrimonio. Se cree impune: quien debe velar por el orden precisa de él. Ese es el origen, que va creciendo, de todo el entramado de corrupción. Siempre y cuando, las quejas no hagan metástasis fuera del municipio.
A la sazón, aquellos que pagaron impunidad resultan estafados. De nada valió regalar dos bolsistas de cemento al guardia. Cuando el janazo viene de arriba, sobran las guayabas verdes y escasean los culeros desechables. No hay de otra, Zeus intenta orden mientras no le estafen el olimpo. Ya vendrán otros truenos. La atmósfera está cargada.

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