Además del magro crecimiento económico, que declina mes con mes, hay otros dos focos rojos: la irresponsabilidad del Congreso, en control casi absoluto de López Obrador y su partido, con propuestas escandalosas que parecieran buscar alarmar a empresarios e inversionistas, y la crítica situación de seguridad pública, con zonas del país en virtual Estado de guerra, como el centro del país (Guanajuato), frente a la inacción e irresponsabilidad del gobierno lopezobradorista.
La  popularidad de López Obrador no tiene una correspondencia en buenas decisiones económicas ni de gobierno, ni moverá las expectativas económicas o de confianza en su gobierno. Desde hace mucho sabemos que popularidad no es sinónimo ni de eficacia ni de buen gobierno.
Así, su popularidad no resolverá la falta de inversiones, la caída generalizada del consumo, la falta de certidumbre y confianza entre múltiples actores sobre su gobierno y sus funcionarios, ni cuestiones críticas como la falta de aprobación del TMEC en el Congreso estadounidense, mientras entramos a momentos delicados (como el proceso electoral presidencial del 2020 en Estados Unidos, donde México será tema principalísimo) en áreas como migración, comercio, drogas y seguridad. Las malas decisiones del gobierno López Obrador solo incidirán en una mayor vulnerabilidad del país en ese escenario.
El presidente López Obrador y sus funcionarios están construyendo una popularidad vaporosa, sin sustento, mientras su administración hace agua por todos lados. Y los resultados son contraproducentes: pareciera ya que en Palacio Nacional se creen sus propias mentiras, en lugar de discernirlas.
La popularidad de López Obrador es real, por ahora, pero evanescente, basada en expectativas aún no cumplidas y quizás imposibles de cumplir ya, como en temas de crecimiento o de lucha contra la corrupción. Ciertamente las otras administraciones, básicamente las de Peña Nieto y Calderón, le heredaron un desastre. Pero López Obrador y su séquito lo agravaron y generalizaron. Por eso es natural que López Obrador empiece a sufrir abucheos y rechiflas, a ser blanco de un descontento cada vez más manifiesto en la vida real y también en redes sociales, que eran anteriormente un terreno indisputado a su favor, acrítico hacia él.
El caso de López Obrador, con su disociación entre popularidad y buenos resultados, no es atípico entre la izquierda latinoamericana. Allí están los casos de Lula Da Silva o Cristina Kirchner, solo por citar algunos, altamente populares en su momento mientras sus gobiernos eran un desastre administrativo y político cuyas naciones, en poco tiempo, derivaron en un desastre económico del que aún no pueden salir.
Esa es la expectativa ciertamente que se abre para todos los mexicanos. En tal sentido, el presidente López Obrador y su gobierno están siguiendo un camino peligroso y sin retorno, que pagaremos todos.