Wednesday, April 10, 2019

CARACAS NO ES BUDAPEST, NI RUSIA ES YA LA UNIÓN SOVIÉTICA

 
CARACAS NO ES BUDAPEST, NI RUSIA ES YA LA UNIÓN SOVIÉTICA
Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com
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La realidad es que, aunque con un menor número de muertos, Caracas se ha parecido en los últimos cinco años a la Budapest de 1956. Pero sus represores no han sido soldados comunistas soviéticos sino esbirros comunistas cubanos.
El 23 de marzo de este año aterrizaron en Caracas dos aviones militares rusos, uno de los aviones Ilyushin Il-62 transportaba 100 fuerzas terrestres y el otro avión Antonov An-124 llevaba una carga de 35 toneladas de material militar. Donald Trump, el hombre que nunca se queda callado, dijo que “Rusia tiene que salir” de Venezuela. Yo no voy a caer en la temeridad de vaticinar cuándo y cómo Donald Trump tomará acción para castigar esta temeridad de Vladimir Putin, pero el "hombre fuerte" que residen en la Casa Blanca tiene una bien ganada reputación de cumplir sus promesas.
Otros que no se quedan callados son los analistas de "café con leche". Estos se han apresurado a predecir que todo se ha perdido y que Venezuela está condenada a ser otra Cuba o, peor aún, que Caracas podría convertirse en una Budapest. La realidad es que, aunque con un menor número de muertos, Caracas se ha parecido en los últimos cinco años a la Budapest de 1956. Pero sus represores no han sido soldados comunistas soviéticos sino esbirros comunistas cubanos.
Ahora bien, por razones históricas, económicas, militares y geográficas los venezolanos no tienen nada que temer de los rusos. Antes de que me acusen de ser víctima de mi habitual e incurable optimismo, paso a explicar esta afirmación. En 1989, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un estado comunista que se extendía desde el Báltico y el Mar Negro hasta el Océano Pacífico, se había convertido en el más temible enemigo de los Estados Unidos.
En su momento de mayor extensión (entre 1946 y 1991) la Unión Soviética ocupaba 22,4 millones de kilómetros cuadrados ( 2,5 veces el área de Estados Unidos y 6 veces la superficie de India), estaba formada por 15 repúblicas y tenía una población de 287 millones de habitantes repartidos en 100 diferentes nacionalidades.
Y más importante todavía, en 1989 el Producto Interno Bruto (PIB) de la URSS era de 2,6 trillones de dólares. El tercer lugar en el mundo después de los 5,9 trillones de los Estados Unidos y los 3,1 trillones de Japón. Pero nada era tan ominoso para las democracias occidentales como el gigantesco aparato militar soviético. A mediados de 1980, en el último tramo de la Guerra Fría, la Unión Soviética contaba con 5,1 millones de soldados, más del doble de los 2,1 millones que tenían los Estados Unidos.
En marcado contraste con la Unión Soviética de 1989, la Rusia de 2019 es el ejemplo más fidedigno del "tigre de papel" con el que calificaban a los Estados Unidos los apandillados de la China de Mao Tse-tung. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2018, el Producto Interno Bruto nominal de Rusia se encontraba en el 12 lugar del mundo. Sus 1.52 trillones de dólares de PIB la situaron por debajo de países con menos aspiraciones de hegemonía internacional como Canadá, Brasil, Italia y Corea del Sur.
Y más humillantes todavía para el fanfarrón Vladimir Putin son las recientes estadísticas de la prestigiosa publicación militar Global Firepower.com. Según la misma, las fuerzas militares rusas cuentan con 1,013,628 de miembros en servicio activo. Aunque esta cifra pone a Rusia en segundo lugar entre 137 naciones del mundo, es solamente una quinta parte de los miembros activos que integraban las fuerzas militares de la Unión Soviética en 1989.
En conclusión, un pais pobre con aspiraciones imperiales al que sólo le queda "el casco y la mala idea". El casco de un imperio desaparecido por su maldad y la mala idea de un policía resentido por la desaparición de su gigantesco poderío militar.
Pero la Unión Soviética de 1956 si tenía el poderío para ahogar en sangre cualquier forma de disensión. La tarde del 23 de octubre de ese año, alrededor de 20, 000 manifestantes húngaros se reunieron en el centro de Budapest. Los estudiantes leyeron una proclama y la multitud cantó la censurada "Canción Nacional" cuyo estribillo expresa: "Juramos que no permaneceremos más tiempo como esclavos". Muy parecido a lo que hemos escuchado en los últimos años en las calles de la heroica Caracas.
Para las 6 de la tarde de ese 23 de octubre, la multitud había aumentado a más de 200 000 personas. Dos semanas más tarde, a las 3 de la mañana del 4 de noviembre, tanques soviéticos entraron en Budapest a lo largo del Danubio. La sangrienta "Operación Torbellino" combinó golpes aéreos, artillería y la acción coordinada de tanques e infantería de 17 divisiones. El saldo macabro fue de más de 2500 húngaros que ofrendaron sus vidas por la libertad, pero no sin antes dar muerte  a 722 soldados soviéticos. El mundo de entonces, tal como ahora en los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, permaneció indiferente.
Pero tipos taimados como Putín no toman acciones sin tener poderosas razones. Aunque meramente simbólico, el gesto de enviar la cifra irrisoria de 100 soldados a Venezuela ha sido motivado por su crisis política interna. Menos de un año después de haber sido reelegido por un cuarto mandato por un número de votos abrumador y sin precedentes en casi 20 años de poder, Putin ve cómo se desploma su índice de popularidad a sus niveles más bajos desde la anexión de Crimea en 2014, debido a la reforma de las pensiones y al alza del IVA el pasado 1 de enero.
Una encuesta del independiente "Centro Levada", publicada en enero de 2018, arrojó un índice de aprobación del 64%, el más bajo desde la anexión de Crimea. Otra encuesta de Levada de octubre del mismo año reveló que solo el 40% de los rusos votaría por Putin si se realizaran elecciones. Estos porcentajes contrastan con una popularidad del 80 por ciento en el momento de su última elección. Para un dictador acostumbrado a la adulación y el acatamiento incondicional estas cifras son inaceptables.
Y para quienes todavía se sientan asustados por este despliegue militar raquítico tengo una medicina para quitarles el miedo. Se llama Donald Trump. El mismo que el 5 de abril de 2017, sin darle aviso previo a Vladimir Putin, disparó 59 misiles Tomahawk contra bases militares sirias compartidas por militares sirios y soviéticos.
Para evitar una confrontación militar, tanto Washington  como Moscú negaron que se hubiesen producidos bajas entre los soldados rusos. La verdad nunca la sabremos pero Trump no dejó duda alguna de que ninguna presencia rusa impedirá una acción  militar por parte de los Estados Unidos cuando la misma sea necesaria para preservar su seguridad nacional. Una presencia rusa en Venezuela es una amenaza clara y presente para la seguridad norteamericana y la del resto del continente.
Por otra parte, después de cinco años de sangre, represión y miseria ha quedado demostrado que los tiranos no dejaran el poder por las buenas. Que la opción entre la esclavitud y la libertad es la guerra. No queda otra alternativa que confrontar a los bárbaros con sus mismas armas de destrucción y muerte. Y esa alternativa no puede ser otra que una fuerza interamericana al estilo de la organizada por Lyndon Johnson para desalojar a los alabarderos de Castro de la Republica Dominicana en abril de 1965. Tal como ocurrió con los 59 misiles Tomahawk disparados por Trump contra las bases militares sirias, Vladimir Putin se quedará tranquilo porque este espía sabe dónde reside el peligro. 

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