Monday, July 23, 2018

LA MANZANA ENVENENADA


Muchos colombianos devoraron gustosamente las palabras de paz lanzadas por el presidente Santos.

Por Plinio Apuleyo Mendoza- El Tiempo de Bogotá

“Esto parece un país en guerra”, le oí decir a un periodista francés, amigo mío desde mi época en París, que vino a Colombia para asistir al cambio de gobierno. Estaba ciertamente muy extrañado con lo que iba encontrando en el escenario nacional.
“Aquí, como en Europa, se habla mucho de la nueva paz en Colombia a partir de los acuerdos con la guerrilla, y ahora yo no veo en los periódicos del país ni en los noticieros de televisión nada de esa famosa paz, sino noticias que combinan los goles del Mundial con muertos, crímenes, asaltos, vehículos incinerados y otros terribles hechos de violencia”.
Esta fue solo la primera observación que alarmaría a mi amigo desde Bogotá. Fue peor su asombro cuando visitó las zonas del país donde abundan los cultivos de coca. No sé exactamente dónde estuvo, pero lo cierto es que las más de 200.000 hectáreas señaladas por el Gobierno americano abarcan no solo todas las zonas del Pacífico, incluyendo Nariño –donde se oculta ‘Guacho’–, sino también las selvas del Guaviare, el Meta, Vaupés, Caquetá, Putumayo, además del Arauca y regiones del oriente que limitan peligrosamente con la Venezuela de Maduro.
“Este es un mundo no solo de flagrantes desconciertos, sino también de exquisitos conciertos”, anotaba el francés, medio en broma, una vez que retornó a Bogotá y encontró en las páginas de este diario fotografías de artistas extranjeros y de bellas muchachas de largos cabellos, labios opíparos y piernas seductoras. En cambio, en las vastas regiones dominadas por el narcotráfico aparecían bandas criminales como el ‘clan del Golfo’, las disidencias de las Farc, ‘los Pelusos’, ‘los Puntilleros’, ‘los Urabeños’, además del Eln y el Epl, disputándose el negocio de la coca. Estos son territorios donde operaban las Farc y en los que el Gobierno no ejerció control.
Para mi amigo, el periodista francés, esta era la mejor prueba de la existencia de dos Colombias. Hasta cierto punto, mi ilustre coterráneo Jaime Castro le dio la razón titulando su última columna ‘Tenemos más territorio que Estado’. Desgraciadamente, también en las zonas urbanas –además de conciertos– había una delincuencia común que produce robos y asaltos si uno se descuida. Es mejor no salir a altas horas de la noche.
Lo que nos dejó fríos a todos fue la carátula del último número de Semana, revelándonos que existía un plan para refundar las Farc. Nos mostraba retratos de jefes guerrilleros, de bloques armados disidentes que formaban parte de las 29 estructuras dispuestas a abrir nuevamente frentes de combate. Lo peor es que el padre jesuita Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad (organización, en su mayoría, compuesta por simpatizantes de la izquierda), ha solicitado al Gobierno autorización para conocer la información de inteligencia clasificada de las de las Fuerzas Armadas del país, es decir, del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y la Policía. Vale la pena recordar que ningún país del mundo ha accedido a entregar ese tipo de archivos.
Muchos colombianos devoraron gustosamente las palabras de paz lanzadas por el presidente Santos. Sin duda, este era un anhelo compartido por todos, pero quien mire en detalle los puntos del acuerdo comprende hoy por qué algunos de ellos deben ser revisados en el Congreso. Antes que las palabras oficiales, es la realidad la que se impone sobre ellas. Está cargada de zozobras. Lo demuestra el asesinato continuo de los líderes sociales que han caído sin tregua defendiendo sus comunidades del narcotráfico y la minería ilegal. Si a ello sumamos los hechos de corrupción que invaden nuestro mundo político tradicional, nos damos cuenta de que el país es hoy una manzana envenenada. La que va a recibir el próximo gobierno.
Iván Duque se abstiene de hacer críticas a partidos y personajes ajenos a él para tener un limpio punto de partida de su gobierno, lejos de las polarizaciones que nos han invadido. Su tarea es descomunal, pero dibuja la otra cara que tendrá la nueva Colombia.

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