Wednesday, September 14, 2016

RÉQUIEM POR LA HABANA QUE SE FUE


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Calle Reina, en La Habana.
Por Rafael Alcides


Esta es la historia que Fernando Dámaso no contó en su libro La Habana que fue, de reciente aparición en Madrid, bajo el sello de la casa editorial Hipermedias. Tampoco a mí me la contó, pues a algunas personas no les gusta que se sepa que han llorado, y Fernando en materia de confesiones personales es tan cuidadoso que a veces pareciera inglés. Cuando más, se le rajó la voz al recordar lo que había visto, no lo que había sentido, lo que había visto en las calles de La Habana durante su trabajo de campo para escribir los artículos que han terminado siendo el libro que ahora estoy celebrando.
Yo le oía, compadeciéndolo. Pobre Fernando. Por lo que me contaba, sin decirlo con palabras, yo me daba cuenta de que mucho yelmo y peto invisible, y quién sabe si el resto de la armadura, debió de echarse encima, como nuestro señor Don Quijote, sobre todo para pasar la prueba de su primera salida. Para  así,  como si no pasara nada,  como si él fuera un común  de los que por haber permanecido yendo y viniendo  por la ciudad  hasta hoy  no se diera cuenta o no notara, hipnotizado por la costumbre,  lo que en La Habana había sucedido. Pues  Fernando vive en Nuevo Vedado -sano, sosegado y coquetón residencial habanero hoy de entre sesenta y sesenta y cinco años de edad: -de hecho la misma que tenía la generalidad de La Habana de extramuros cuando en 1959 bajaron de las montañas Fidel y Raúl a enseñarnos a ser felices-, y aunque habanero nato, Fernando desde su jubilación hace veinticinco años, como no haya sido muy de tarde en tarde  para ir por diez minutos a lugares muy precisos de La Habana Vieja, y esto siempre  en automóvil y por Malecón por ser la vía más expedita, no había sacado un pie del  Nuevo Vedado,  donde somos vecinos.
Habanero de otro tiempo
De modo que aquel hombre de La Habana que fue, no entendía lo que veía, no sabía lo que estaba sucediendo con él.. ¿En cuál planeta lo habían abandonado, y como castigo por qué?  No, quieras saber, habanero de otro tiempo, lo que Fernando sintió en esas calles por donde un día corrió tu ilusión detrás de la muchacha o del muchacho de tu primer amor. Las calles del corazón que te vieron pasar en bicicleta con  tus amigos escolares hoy dispersos por el mundo como los judíos del pasado, o te vieron quedarte sin dientes, saltando en patines por encima de una silla con  los dos pies y las manos en alto primero, después en un solo pie, y por último en ningún pie. Las calles de tu eternidad.  Y en  esas sagradas  calles,  Fernando asistiendo  a la agonía de una ciudad que se muere o que ha muerto ya y lo que de ella  queda tal vez sea un holograma, y  en  ese posible holograma, él, en su función de notario del dolor, preparando el acta de defunción.
Pero Fernando es sólido. Heredero de las hidalguía de Nuestro Señor de la Triste Figura, Fernando con mucha nostalgia y temor por su corazón de persona mayor, seguía calle arriba, calle abajo haciendo de memoria  lo que con sustancias plásticas haría un   mecánico dental  en la boca de un anciano con tres dientes, aunque con menos éxito que el mecánico dental, porque los huecos de La Habana, bien pronto lo comprendió Fernando,  son demasiados y son huecos que tras escurrir las lágrimas con que pretendieren consolarlos,  seguirían  abiertos, clamando, cuando menos, la justicia del olvido.
El paisaje era real, no eran molinos de viento esta vez. Ominoso, como salido de un sombrero malvado, un mundo hueco lleno de huecos y ruinas  le había salido a Fernando al paso. Huecos y ruinas que fueran orgullosas edificaciones, santuarios de  tu ayer, habanero de antes,  que en aquel pasado tan parecido a  los sueños, parecieran, como todo lo que es cotidiano, edificaciones comunes, y hoy son ausencias que te descompletan. Horribles huecos al descubierto, y en los casos más piadosos, disimulados por tristes placitas con un murito para sentarse que a nadie de antes lograrían engañar.  Mundo de confabulados para matar, para perderte, para dejarte sin inocencia,  laberinto  de trampas donde quien entra se pierde, grita y no lo oyen, se suicida y nadie lo ve, pero Fernando sin embargo, el muy sólido Fernando   entre  tantos fantasmas que desde el ayer te envían recados o corren detrás de ti sin  que los puedas ver,  ahí, sin cejar,  Fernando herido de muerte  pero sin cerrar los ojos, Fernando escrutante, con su camarita  fotográfica y sus nostalgias, Fernando como un espíritu a tientas  en  tan inclemente almacén de ruinas buscando una dirección perdida, Fernando cauteloso y solemne como quien caminara por un cementerio  habitado por sepulturas sin cerrar y no acabara de encontrar la suya, Fernando el notario o lo que de Fernando queda a estas alturas viéndolo pero sin poderlo creer.
Llevármela cuando me muera
¿Donde estás, La Habana? ¿Detrás de cuál nube te has metido? ¿Cuál balsero o cuál emigrante por la vía que lo hiciera te metió en el doble fondo de una maleta y te llevó con él?  Sin duda Fernando ha muerto y es su alma la que anda recorriendo  la ciudad que los habaneros abandonaran cuatro mil años atrás cuando partieron en sus naves a poblar las nuevas naciones del Espacio, y estas personas al parecer comunes con las que ahora se tropieza son almas como la de él, habaneros igual que él  visitando lo que  los milenios dejaron de su  ciudad de origen y es para ellos, con toda razón, lo que en el tiempo de nosotros los de ahora es la Meca para los hijos de Alá.
Pues ser habanero no  es una inscripción en un papel, ni es un acto de fe, es una vocación, un instinto, un destino, un  ADN.  Yo que no lo era,  pero que vivo en La Habana  y he muerto en La Habana día a día durante los últimos sesenta y cuatro años, sin dejar de ser de Barrancas y de Bayamo y de Cayamas, me enamoré de La Habana de tal modo que me la he tatuado en el alma para llevármela cuando me muera.
Pobre, pobre Fernando en La Habana buscando a La Habana, y La Habana sin aparecer.
Como recuerdo de aquella primera salida donde Fernando se quedó sin recuerdos, he visto pasar en su camarita fotográfica  huecos al descubierto, techos desplomados entre casa y casa, paredes sin techo, huecos en las aceras por donde pudiera irse un zapato con pierna y todo,  conucos, muchos conucos disimulados detrás de setos de espinas, baches, balcones por debajo de los cuales sería una temeridad transitar, fosas desbordadas corriendo calle  abajo, enriquecidas por sus infinitos afluentes las corrientes de los salideros del Acueducto, pantanos cubiertos por una nata muy verde donde nadan las ratas y pudiera ahogarse u niño, alcantarillas cegadas  por los escombros y la basura, de las cuales se llevaron las rejas que las protegían hace cincuenta años, desperdicios en bolsas colgando de setos, o de clavos en la pared,  o de cercas,  o regados por la acera para festín de ratas, gatos y perros, o ya  montañas  siniestras  esperando sin esperanza el camión de la basura. Vi planchas de metal que con intención o no,  dejaron al descubierto un lateral por donde de día la gente entra  a hacer sus evacuaciones  y  de noche a hacer el amor. Y no me atreví a seguir viendo. Le devolví la camarita a Fernando al llegar a la imagen de un gordo cincuentón y sin camisa pelando y comiendo naranjas a media mañana sentado en un taurete  recostado a la pared en la acera de la sombra de Neptuno llegando a Consulado así como si La Habana fuera ya parte del batey de un ingenio abandonado. Todo un mundo siniestro, casi el interminable set de La filmación de una película para dar miedo, en el que  sólo  faltaran los vampiros cuando llegue la noche y tal vez no se enciendan los bombillos del alumbrado público.
La agricultura urbana
Pero aun así, caso de no ser Nuestro Señor Don Fernando de La Habana un alma en penas, o de no ser por fin  La Habana un  holograma, calles, bendito sea Dios, calles que todavía existen y que acaso estuviera  Fernando viendo por última vez.
Pues un país sin gasolina como está llamado a ser el nuestro ahora cuando Maduro desaparezca,  para qué querría tener calles, como no fueran las dos o tres imprescindibles, aquí y allá, para el  paso de la gente de a caballo y de los vehículos de tiro. En el resto, Raúl enseguida mandaría a fomentar la agricultura urbana atendiendo a las peculiaridades del terreno y de la siembra. En Galiano tal vez se diera bien el  maíz, y  en Belascoaín la yuca, y en Reina, desde Egido hasta 26, pasando por sus fértiles  extensiones Carlos III y Zapata, el plátano burro.  Tal vez en Desagüe sembrara arroz, aprovechando la hondonada de esa calle  antes de llegar a Belascoaín para represar en ella el agua lluvia y la de los salideros de la ciudad. En el Sevillano y las demás tierras bajas, podía Fernando ver ya creciendo la malanga y el ñame. Completando esta próspera y sostenible agricultura, los frutales. Piñas, mangos, melones, guayabas  y naranjas sobre todo: naranjas,  que por su alto valor medicinal, con el del ajo y la cebolla, ahora que al fin se conseguiría suprimir de una vez  las importaciones, pasarían a ocupar un primer plano  en la estrategia del Nuevo Modelo Económico  (Ampliado) del Partido. Por ser de suelo rocoso, tal vez las calles del Nuevo Vedado las dedicaran al pastoreo no-intensivo del  ganado ovino y caprino.
Por supuesto, con el paso de las generaciones, y puesto que Fidel y Raúl son inmortales, y puesto que aun cuando murieran dentro de diez o quince mil años, de todos modos siempre nos quedaría ahí Machado Ventura, que es más inmortal que ellos, las calles habrían ido  mientras tanto tomando el nombre de sus respectivas plantaciones. Ya para el 160 cumpleaños de Fidel la actual calle Reina sería para todo el mundo “La calle del  Plátano”, y Belascoaín “la Calle de la yuca”, y así con las desaparecidas Infanta, San Lázaro y todas las otras calles donde los habaneros de antes dejaron su corazón.
 Con ojos de despedida
Es la Habana del porvenir, hueco enorme donde acaso termine todo, pero donde acaso también pueda darse el caso de alguien que un día cavando otro hueco, esta vez para un pozo ahí en la región donde hoy vive una autoridad de la Aduana que lo confiscó, diera con un ejemplar de La Habana que fue, y de este modo se enterasen los de entonces,  si en ese tiempo remoto aún  supieran  leer y escribir, que existió en la Antigüedad de ellos  otra Habana, y que  esa desaparecida ciudad entre las nieblas de los tiempos, incitante mundo del que acaso en los primeros milenios se habló como hablamos nosotros de la Atlántida, hubo calles pobladas por edificaciones en fila  fabricadas con un material más duradero que el guano y la yagua llamado cemento  y hubo ómnibus para el transporte público y no necesitaban sus moradores frotar dos palitos para encender la candela.  En  fin, conocerían aquellos asombrados sucesores que la  de La Habana no siempre había sido una civilización agrícola–alfarera.
Pero, no. Fernando sabe que pensar así sería fantasear, Fernando sabe que se ha dejado llevar por el miedo al olvido, al después donde tal vez no haya nada. Sin perder la fe, sin embargo, puesto que después de todo la vida no deja de ser un cuento de hadas, volvió Fernando a darse cuenta de que maltrechas, tuertas, cojas, apoyándose en muletas, tambaleándose como esqueletos que acabaran de escaparse del cementerio, aún las calles de La Habana con sus casas a cuestas  o de lo que de sus casas queda, existen y son identificables,  todavía Galiano no es la Calle del Maíz,  y piadoso Fernando, ahora que conocía el porvenir, empezó a mirar la ciudad con ojos de despedida.
Pedazos del corazón
Le perdonó Fernando sus ruinas, sintió piedad por sus baches, amó sus conucos de vez en vez con los que intuitiva parecían estar ejercitándose para asumir su futuro agrícola. Todo lo que antes miró Fernando con miedo en La Habana que fue,  ahora lo vio  con amor. Pensó en los abuelitos agonizantes.  Podrían alejar al  extraño el mal olor de las escaras del abuelito combinado con el de sus pampers aun cuando los acabaran de cambiar, no  a ti, y como si el abuelito apestoso  oliera a rosas, te lo comías a besos y   abrazos porque los seres amados que parten  no huelen ni son viejos ni han perdido los dientes ni ha dejado de entendérsele lo  que dicen, son  seres amados, sólo seres amados, imprescindible  pedazos del corazón sin los cuales nos quedamos.
Por eso el sorprendido Fernando Dámaso no habla en su libro de la futura Calle del Maíz cuando habla de Galiano, y se calla todo lo otro que sintió y pensó en su aventura de Don Quijote por las calles de La Habana antes de descubrir  el porvenir agrícola de la ciudad.
Sorprendido dije, aunque de antes sabía Fernando, por nuestro ruinólogo mayor, el muy autorizado Antonio José Ponte, que La Habana era una ciudad en extinción, sabía además por  informaciones dadas a conocer por el gobierno que entre albergados y personas por albergar pero para las cuales no se dispone de albergue o que se niegan a ser albergados, posee hoy La Habana una población similar a la de la ciudad de Matanzas (lo cual hace un albergado o por albergar por cada doce habitantes)  y había oído decir Fernando  que, trémulo, el doctor  Eusebio Leal había anunciado años atrás en la UNEAC que la mayor parte de La Habana sucumbiría si de frente le entrara un ciclón de seis grados de intensidad. Pero una cosa es oírlo decir, y otra verlo.
De ahí la cara de angustia, de susto, diría yo, que no podía Fernando disimular  al hablarme de lo que vio en su primera salida por las calles de La Habana. Ese domingo, me asustó.”¿Pasa algo?”,  le pregunté de pronto, y él, muy inglés,  intentando sonreír, pero sin conseguirlo:  “En absoluto. Sólo estaba pensando  en volver a pasar mañana por la Calzada de Jesús del Monte“. En cambio, al domingo siguiente, no diría que fue amoroso, pero sí tolerante, y hasta permisible al hablarme del Cerro, donde el público,  como en casi todos los demás municipios de la basta confederación de municipios de la actual ciudad de La Habana, evitando los balcones, camina por las calles.
He ahí dos de los muchos detalles que, sin dármelas de observador, me permiten asegurar bajo palabra de honor que todo cuando aquí llevo dicho de la historia no contada por Fernando Dámaso en su excelente muestrario de melancolías y bien decir  titulado  La Habana que fue lo sintió, lo pensó  él durante su desventurada aventura de Don Quijote por  las calles de La Habana buscando a La Habana. Tiene que haberlo sentido. Por fuerza tuvo Fernando que  pensarlo. Era tan lógico…
Café Fuerte

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