Monday, June 20, 2016

NO LLORES POR MÍ, VENEZUELA


 
Y así se nos han ido yendo los testigos de la grandeza, los que un día fueran, los que te quisieran grande, fuerte, justa, bella. También el llanto agota sus fuentes. También el dolor se escarcha. También la pena se seca.

Adiós Susana. Descansa en paz.
 
Antonio Sánchez García

@sangarccs
 
Susana Duijm, in memoriam
 

Como lo expresara maravillosamente Mario Briceño Yragorri en su desesperado Mensaje sin destino, un grito escrito y como echado al océano en una botella cuando la inmensa mayoría de los venezolanos, entre ellos el responsable de la última de nuestras tragicomedias,  aún no había nacido, y que hoy recogemos en nuestras naufragadas costas de la barbarie: el pueblo venezolano es amnésico. Desmemoriado e inconsciente de su propio pasado, su propia grandeza, sus propia identidad. Dio por azar con la perfecta metáfora de su extravío: un llanero arriando a sus forajidos, inconscientes del mal que promovían. Y se dio a destruir lo que lo mejor de nuestras conciencias elevaran. Hoy, ese pueblo que se hizo con el Poder, es un moribundo topo que cava, ciego, su perdición. Sin orden ni concierto, sin siquiera saber si es que existe un país llamado Venezuela, con una tradición llamada historia, que tuviera un orden llamado democracia. Zombis hambrientos y delirantes que aún le siguen, vagan por nuestros pueblos haciendo lo que bien saben hacer desde los lejanos tiempos de la Guerra a Muerte, cosa que tampoco intuyen: arrasar. Ante el asombro, la sorpresa y el desconcierto de quienes aún no aciertan a comprender en toda su magnitud la tragicomedia que vivimos.
 
No llores por mi, Venezuela.
 
Las circunstancias han querido que esta tragedia se eche entre los trastos de una humanidad que se consume gozosa en su propia decadencia. Los vecinos se habituaron a una tiranía tropical abyecta y desalmada, que terminó por coronar su propósito de medio siglo: apoderarse de las riquezas de la ingenua Venezuela. Y los que fueran sus principales enemigos de siempre – desde el Imperio del Poder al Imperio de la Fe – corren, en el colmo del desatino,  a socorrerla a ella y no a nosotros, al precio de abandonar los restos de pueblo que nos queda, a su triste suerte. No lloran por Venezuela. Prefieren respaldar a quien la esquilma y martiriza. Acortejados por quienes nos tratan como a leprosos, no se vayan a contagiar si nos tienden una mano. A nadie le duele que en Venezuela los niños y los enfermos se mueran de mengua, que se carezca de medicinas y se pase hambre, que mal se sobreviva como en países martirizados por crisis productos de la maldad y la sevicia de sus hombres.
 
No llores por mi, Venezuela.
 
No han  sido años de alumbramientos. Fueron, desde sus anuncios desde lo oscuro de la decadencia, años de muerte, de mortandad, de celos, de rencores, de venganzas. Años de retaliaciones. Años de engaño y burla, de traición y vilezas. Años en que se enseñoreó la danza terrible de la muerte. Del asalto, del robo, del expolio. Del saqueo. A plena conciencia. No fueron como esos deslumbrantes años de las grandes revoluciones: años de reencuentro, de solidaridad, de entendimientos, de apertura hacia futuros promisorios. Fueron años de regresión, de vuelta a los orígenes de la barbarie, de castigo y retaliación. Años de maldad planificada, orquestada, organizada para provocar la aniquilación, el espanto, la automutilación. Años de regresión.
           
No llores por mi, Venezuela. Llora por ti.
 
Has estado bajo el nivel de tus aguas. Oculta tu cabeza de vergüenza y terror. Asaltada por el miedo. Como paralizada. Siguiendo el juego de tus opresores y aterrada ante la sola idea de recibir el justo castigo por tu justa indignación. Has preferido sobrevivir en la ignominia que sacudirte el yugo del horror en la heroicidad. Y volver a sentar el precedente de la grandeza. Como antaño. Y lo que hoy sobrevive son tus despojos. No encuentras la solidaridad doliente de tus hermanos porque creen, sinceramente, que no te la mereces. ¿Cómo pedirles más si no nos lo pedimos nosotros a nosotros mismos? ¿Si no somos nosotros los que lloramos por Venezuela?
 
Y así se nos han ido yendo los testigos de la grandeza, los que un día fueran, los que te quisieran grande, fuerte, justa, bella. También el llanto agota sus fuentes. También el dolor se escarcha. También la pena se seca.
 
Adiós Susana. Descansa en paz.

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