Wednesday, May 18, 2016

CUBA: EL USO DEL RÉGIMEN DE LA FIGURA DE FIDEL CASTRO

ICLEP-VOZ SANTIAGUERA: La paradoja del mito que se resiste a la coagulación definitiva de la imagen
 
La deteriorada imagen que presentan personifica el deteriorode la propia revolución
Santiago Papasquiaro
 Periodista Ciudadano
Santiago de Cuba, 18 de mayo, 2016
La idolatría siempre ha sido el elemento clave en el proyecto de mitificación de la figura de El Comandante: una suerte de austero profeta comprometido exclusivamente con el destino de su pueblo.
Un mesías cuyos secretos más comprometedores, apenas atisbados, siquiera logran hacer de contrapeso a la imagen romántica y trucada de un ser empeñado en la salvaguarda de La Revolución, esto, desde el poder total. La imagen del chamán venerado entre vítores de clamor enfermizo jamás fue tan insufriblemente nítida para mí como en su reciente aparición a propósito del último Congreso del Partido Comunista de Cuba.
Días antes, con motivo de la visita de Obama, que jalona como verdadero hito los vínculos históricos entre Cuba y Estados Unidos, el “Líder Histórico de la Revolución” aventó una de sus acostumbradas reflexiones: “El hermano Obama”. En la misma, el adalid de marras demostró definitivamente algo: su incorregible instinto para defender sin escrúpulos lo que le justifica.
Cuando todos acogíamos la ocasión como una posibilidad inédita de movimiento, de desplazamiento hacia un horizonte incierto, aunque abierto a posibilidades concretas, el Comandante se encargaba de reavivar las viejas aprensiones patológicas de su manual, echando mano, indiscriminadamente, a su gastada retórica de tópicos históricos, descubriendo una vez más sus prerrogativas totalitarias al verse impelido a revelar, en la citada coyuntura, datos relativos a los manejos millonarios de los grandes empresarios del turismo con inversiones en Cuba.
Esta vez el patriarca cansino, asiste a lo que anuncia como su última procesión sin que nadie medianamente perspicaz logre reprimir un rictus irónico y triste.
Y es que la indecencia de este ser radica precisamente en sus incongruencias, en su afán de permanencia, en su anacronismo, en haber sido efectivamente consiente de la morbosa entronización mítica de su Yo, en franco desprecio por la libertades individuales, la autonomía mental, imponiendo su imagen ya de por sí lamentable, y revivida sistemáticamente por el aparato ideologizante, como si efectivamente su patética persona se estuviera resistiendo paradójicamente a la coagulación definitiva del mito. ¡Y qué mito!

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