Sunday, December 22, 2013

AH., ESTOS DICTADORES

El mal menor

La dictadura como un mal menor: después de usar armas químicas contra la población civil, Bashar al Assad sigue en el poder, a punto de convertirse en un interlocutor válido de la comunidad internacional.
Hace un año, la defenestración del dictador sirio, Bashar al Assad, parecía inminente. Aguantó e, incluso, su ejército reconquistó algunas plazas ocupadas por los rebeldes. Sin embargo, cuando se le acusó, a finales de agosto, de haber usado armas químicas contra la población civil, se le dio por acabado, ya que había tenido la osadía de cruzar la "línea roja" trazada por Estados Unidos, en palabras del presidente Barack Obama.
Cuatro meses después de esas atrocidades, que acabaron con la vida de 1.400 personas en la periferia de Damasco, entre ellas decenas de niños, no ha habido represalias internacionales y Bashar al Assad sigue en el poder. Y no solo eso: hay señales muy claras de que el dictador está a punto de convertirse en un interlocutor válido de la comunidad internacional en la búsqueda de una solución política a una guerra civil que ha provocado, en poco menos de tres años, la muerte de más de cien mil personas y cerca de dos millones de refugiados.
¿A qué se debe ese cambio radical de parte de Estados Unidos y, en menor medida, de Gran Bretaña y Francia, dos países ansiosos por lanzar ataques aéreos contra Siria, similares a la campaña militar de la OTAN que acabó con la dictadura de Muamar Gadafi en Libia en 2011? Hay que buscar la explicación sobre el terreno, donde los rebeldes moderados han sido desplazados poco a poco por grupos islamistas, cada día más radicales y mejor armados.
Lo que empezó como una guerra de liberación contra un régimen opresor se ha transformado sobre la marcha en una guerra santa, con la participación de fanáticos llegados de todo el mundo y financiados por los regímenes más reaccionarios de Oriente Medio, sobre todo Arabia Saudí. A pesar de su alianza estratégica con Washington, la monarquía saudí tiene sus propias prioridades, que chocan a veces con las de su socio occidental. El reciente acercamiento entre Estados Unidos e Irán, enemigo acérrimo de los saudíes, es uno de los puntos de discordia.
Teherán, por la rama minoritaria de los chiíes, y Riad, en nombre de los suníes, se disputan el liderazgo en el mundo musulmán. Siria está ahora en el centro de esa lucha por el poder regional. Los iraníes apoyan a Bashar al Assad, que pertenece a la minoría alauita, vinculada al chiismo. En cambio, los saudíes han apostado por el Frente Islámico, que colabora con el Frente Nusra y el ISIS (Estado Islamista de Iraq y el Levante), dos organizaciones cercanas ideológicamente a Al Qaeda.
Mientras los saudíes apuestan por una solución militar y parecen convencidos de que el régimen sirio terminará cayendo, Estados Unidos se inclina ahora por una negociación política porque teme una repetición de lo que pasó en Afganistán a mediados de los años 90, cuando los talibán tomaron el poder y se pusieron al servicio de Osama bin Laden y Al Qaeda. Washington no descarta a priori la participación de los iraníes en la conferencia internacional de Ginebra sobre Siria, prevista para el 22 de enero. Y los saudíes hacen todo lo posible para torpedear las negociaciones.
Cegados por el odio hacia todos los que no comulgan con ellos, los islamistas la emprenden ahora contra los rebeldes moderados del Ejército Sirio Libre (ESL) y los sacan a balazos de las zonas que controlan. Ha empezado una nueva guerra, esta vez dentro de la oposición, y el ESL la está perdiendo. Esta situación ha desatado las alarmas en las cancillerías occidentales y les ha llevado a revaluar el papel de Bashar al Assad.
El ESL ya no exige la renuncia del dictador como condición previa para cualquier negociación. Su jefe, el general Salim Idriss, ha llegado incluso al extremo de proponer una alianza puntual con las fuerzas de seguridad del régimen para sacar del país a los miles de yihadistas extranjeros, señalados como los principales responsables de las atrocidades perpetradas contra la población.
¿Tantos muertos y sufrimientos para llegar a esto? La oposición moderada y sus aliados occidentales apostaron a que Bashar al Assad renunciaría sin combatir, ya que no tenía el perfil del dictador intransigente que opta por la muerte antes de rendirse. Bashar había llegado al poder por accidente a raíz del fallecimiento de su hermano mayor, heredero designado por el fundador de la dinastía, Hafez al Assad.
Bashar parecía más blando y dado a los placeres de la buena vida. Sin embargo, ante la adversidad y el riesgo de terminar ahorcado como Saddam Hussein, el oftalmólogo se transformó en un brutal jefe de guerra, con la ayuda de Rusia, Irán y la milicia chií de Líbano. Ya no importa saber si Assad ha usado armas químicas contra la población, o si fueron los rebeldes. Ante la perspectiva de un Estado fallido en el corazón de una de las regiones más explosivas del planeta, el dictador se ha convertido en un mal menor.

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