Sunday, November 24, 2013

LA PAZ A CUALQUIER PRECIO

Los resultados de las conversaciones con las FARC no están a la altura de las esperanzas que albergaba el presidente Santos.

No cabe la menor duda de que la mayoría de los colombianos anhela la paz y sueña con el fin de la violencia política que azota el país desde mediados del siglo pasado. Y sin embargo, no hay consenso sobre la conveniencia y el enfoque de las negociaciones que empezaron hace exactamente un año en Cuba entre el gobierno de Bogotá y los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Los resultados no están a la altura de las esperanzas que albergaba el presidente Juan Manuel Santos cuando anunció el inicio del diálogo. En un año las partes han logrado apenas dos acuerdos parciales sobre la cuestión agraria y la participación de las FARC en política cuando termine su desmovilización. Quedan por negociar los puntos más difíciles, sobre todo la responsabilidad penal de los guerrilleros acusados de crímenes de lesa humanidad.
La sociedad colombiana rechaza el repugnante trueque que proponen las FARC: la paz a cambio de una amplia amnistía. La guerrilla no tendría que responder por la toma de rehenes, los actos terroristas contra civiles o el reclutamiento de menores que ha practicado a gran escala durante décadas. Los dirigentes guerrilleros han dejado claro que no se someterán a ningún juicio y no pisarán la cárcel bajo ningún concepto. Además de un agravio para las víctimas, semejante impunidad sería una violación del derecho internacional.
Las encuestas revelan una profunda desconfianza de los colombianos hacia las negociaciones de La Habana, lo que ha erosionado la popularidad del presidente Santos. Después de marear la perdiz durante meses en cuanto a su decisión de presentarse a un segundo mandato presidencial —habrá elecciones en mayo de 2014—, Santos ha anunciado finalmente lo que todo el mundo sospechaba: será candidato a su propia sucesión, como se lo permite la modificación constitucional introducida en 2004.
El mandatario quiere "terminar la tarea" y parece convencido de que la paz está cerca. "Cuando se ve la luz al final del túnel, no se da marcha atrás", ha dicho, para justificar su decisión de continuar las negociaciones con las FARC. Sin embargo, tendrá que ganar primero las elecciones. No será fácil, ya que su antecesor, el carismático Álvaro Uribe, se opone al diálogo con la guerrilla y presentará un candidato contra el actual mandatario, que fue su ministro de Defensa. Después de una colaboración de varios años en la lucha contra la subversión, los dos hombres están ahora enfrentados.
Cuando le entregó la banda presidencial en 2010, Uribe estaba convencido de que Santos seguiría con su política de "seguridad democrática", que había propinado unos golpes sin precedentes a la guerrilla. Pero Santos optó por otra vía, sin descuidar la presión militar sobre la guerrilla. Uribe no le ha perdonado esa "traición" y hará todo lo que pueda para impedir un acuerdo con un grupo que el propio gobierno colombiano y varios de sus aliados (Unión Europea, Estados Unidos) califican de "narcoterrorista".
Uribe rechaza cualquier comparación con los procesos de paz que se dieron en Centroamérica o en África del Sur, tal y como argumentan los partidarios del diálogo con las FARC. La diferencia, dice el exmandatario con mucha razón, estriba en el hecho de que en esos países los grupos armados luchaban contra dictaduras militares o contra un sistema racista aborrecible. En cambio, en Colombia, la guerrilla quiere derrocar a un gobierno democrático y, además, está implicada en el narcotráfico, que es su principal fuente de financiación.
En tiempo de Uribe, con Santos en Defensa, las FARC perdieron más de la mitad de sus tropas —muertos en combate y deserciones–, y la casi totalidad de su cúpula histórica falleció bajo los bombardeos terriblemente eficaces de la aviación. ¿Por qué apartarse de la estrategia de Uribe, que tan buenos resultados había dado? Además, la guerrilla había perdido gran parte de su legitimidad política y se estaba convirtiendo cada día más en una organización criminal dedicada al narcotráfico.
Los expertos coinciden en que no hay salida militar al conflicto. Y además entra en juego el factor humano: Santos quiere dejar su propia huella en los libros de historia, algo totalmente legítimo. Está en "busca y captura" del Nobel de la Paz, agregan sus enemigos, y lo quiere conseguir a cualquier precio, por pura vanidad. El presidente está a tiempo de desmentir a sus críticos si, con la legitimidad de un segundo mandato, endurece el tono hacia las FARC y aumenta aún más la presión militar. Solo así podrá obligarlas a dejar las armas sin contrapartidas políticas o judiciales, más allá de la reinserción de los desmovilizados en la vida civil. Entonces sí, se merecería un Nobel de la paz. Soñemos.

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