Sunday, August 25, 2013

A GOLPE DE CUBATON


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cats alejandro riosPor: Alejandro Ríos


Hubo un tiempo en que la gerontocracia que todavía detenta el poder
en Cuba era joven y rozagante. Al pueblo le parecía bien que la
sacrificada dirigencia viviera una vida de placeres vedados a los demás.
 Ocuparon las casas de la aristocracia nacional en fuga. En el caso de
los hombres cambiaron esposas en desuso por jovencitas arribistas y,
¿por qué no?, tuvieron más de una amante mantenidas por el erario
público.

Los jerarcas realizaban sus compras lejos de la morralla en cadenas
de tiendas, habilitadas al afecto, y contaban con lugares exclusivos
donde vacacionar tanto dentro de la isla como más allá de sus fronteras.

Para las nuevas fotos sociales se retrataban en un cañaveral con la
mocha enhiesta o cargando algún que otro saco de azúcar. En tales
simulaciones no tuvieron ni la curiosidad de abordar un ómnibus para
saber cómo funcionaba el transporte del proletariado. Siempre se
movieron en veloces automóviles de diversas marcas y procedencias.

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Resultaba entonces muy difícil que un simple hijo de la clase obrera
fuera escalando los estamentos “históricos” para llegar al paraíso de
una claque muy cerrada y exclusiva. Ese cuento de hadas también
pertenecía al denostado capitalismo.

Tal vez en el universo de la cultura y el arte podía ocurrir que se
viviera un socialismo con beneficios pero siempre a costa de venderle el
 alma al diablo. Muchos grandes de la creatividad cubana, que nada
debían a los iracundos guerrilleros, se vieron impelidos a comulgar con
su funesta prédica, importada de la Unión Soviética.

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El músico Harold Gramatges, por poner un ejemplo, comunista cabal,
debió frenar su voracidad bisexual de antaño acosado por la homofobia
imperante. Se refugió quedo, con su esposa, siempre dispuesto, sin
embargo, a los reclamos del partido.

En las postrimerías de la aberración castrista, de reformas
cosméticas que facilitan a los descendientes de la camarilla gobernante
ocupar paulatinamente los puestos del vejestorio en retiro, ha surgido
de modo inesperado la cultura del reggaetón.

El cubatón, que es la variante nacional de este ritmo importado, sin
otra pretensión que la “gozadera”, pero que ha puesto en crisis de
popularidad al resto del rico pentagrama de la isla, se compone e
interpreta, generalmente, por músicos callejeros sin formación
académica.


Con la excepción de Baby Lores, quien adula sin pudor al dictador
Fidel Castro, el resto de los reguetoneros desconocen olímpicamente el
sistema imperante y manejan automóviles de lujo como el Audi o el BMW,
que ostentan integrantes del dúo Los Desiguales, ajenos a ineptos
dirigentes enfundados en guayaberas sudadas y conduciendo fotingos de
mala muerte.

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Ni decir que exhiben celulares inteligentes de última generación y se
 preocupan, sobremanera, por su aspecto físico y atuendo que cambian en
cada actuación.

En un video promocional reciente de El Yonky, exitoso intérprete de
origen muy humilde, se hace obvio que ya los pioneros no quieren ser
como el Che, sino como este carismático hijo de vecino con un
estrafalario peinado mohawk y que un policía, interrogado para la
 ocasión, habla de perdonarle una infracción de tránsito porque es muy
querido y sus números están “pegados”.

El gobierno trata de desvirtuar la avalancha, que no puede contener,
haciendo que Silvio Rodríguez cante en barrios y prisiones. Los pobres
ven, sin embargo, como los suyos pueden llegar a la opulencia pergeñando
 las rimas más ingeniosas en historias de sexo y afanes consumistas y no
 precisamente con la doctrina anquilosada de la nueva trova.

El cubatón es un boomerang insospechado al rostro totalitario. Por
primera vez es más ventajoso ser reguetonero que miembro de la herniada y
 abyecta nomenclatura.


Fuentes; Alejandro Ríos, El Nuevo Herald, Google noticias e imágenes; edición: El Lagarto Verde









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