Thursday, March 29, 2012

LOS MISTERIOS DEL VIAJE DEL PAPA A AMERICA LATINA

 Globovisión
La Iglesia guarda muchos misterios. El último, la oportunidad del viaje del papa a México y Cuba. ¿Qué necesidad tenía Benedicto XVI, a punto de cumplir 85 años, enfermo y estrenando bastón, de meterse en tremendo viaje? ¿Quiénes saldrán beneficiados, los católicos locales o los gobiernos de sus respectivos países, una derecha mexicana más papista que el papa y la monarquía comunista de los hermanos Castro? Ambas preguntas son contestadas con un gesto de perplejidad por quienes, desde el interior del Vaticano y casi como secreto de confesión, expresan serias dudas sobre la conveniencia del viaje. Sobre todo, en lo que respecta a Cuba.

“El papa tendrá que ser muy hábil”, señala un alto representante del clero destinado en Roma, “para evitar que Raúl y Fidel Castro conviertan la visita en un balón de oxígeno para el régimen”. La cuestión es si Benedicto XVI tiene la salud, el carácter y, sobre todo, el asesoramiento adecuado para evitar que tal cosa suceda.

Si el papa, que el lunes llegó a Santiago de Cuba, se marcha este miércoles de La Habana dejando satisfecho al dictador y desolados a disidentes y católicos de base, las consecuencias para la imagen de su pontificado serán graves. Y los augurios no son los mejores. Berta Soler, la líder de las Damas de Blanco, arrestada la pasada semana en el interior de la iglesia de Santa Rita, suplicó por un minuto, “sólo un minuto”, para contarle al pontífice qué sucede realmente en su país.

La periodista Yoani Sánchez, acosada por el régimen, denunció durante días una “limpieza ideológica” para impedir a activistas y disidentes asistir a las misas del papa. En el Vaticano, sin embargo, no parecieron receptivos a tales reclamos y no por falta de información.

Uno de los argumentos, sottovoce, es que Juan Pablo II tampoco se reunió con la disidencia cuando visitó Cuba en 1998. Pero la comparación no se sostiene. Para empezar, han pasado 14 años y aquella frase famosa del papa Wojtyla —“que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”— se quedó en eso, en una bella y bienintencionada frase vacía. El régimen castrista redobló sus mecanismos de represión. Y su contraparte, Estados Unidos, sigue manteniendo un bloqueo inútil que martiriza a la población, pero del que se salvan los siempre bien nutridos caciques del partido.

Además, Juan Pablo II fue un papa joven, enérgico, experto en relaciones públicas y muy bien asesorado mediáticamente por su portavoz, Joaquín Navarro Vals. No hay ni que recordar que Benedicto XVI es todo lo contrario. Anciano, enfermo e introvertido, sus últimos meses de pontificado han estado marcados por las luchas de poder aireadas, de forma jamás vista, por la filtración de documentos secretos. La diplomacia vaticana considera que su secretario de Estado, Tarcisio Bertone, e incluso su portavoz, Federico Lombardi, no vuelan a la altura que exigen los tiempos. Y si nos atenemos a lo sucedido en México con los Legionarios de Cristo, puede que tengan razón.

Si algo hay que reconocerle a Benedicto XVI es su “basta ya”, tardío pero sonoro y público, a los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia. La celebración, el pasado febrero, de un simposio que reunió en Roma a la jerarquía y a las víctimas supuso un valioso giro en la forma de enfrentar el problema. A su paso por México, el papa no se reunió con las numerosas víctimas del mexicano padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y paradigma del abuso y la mentira. La Habana espera del papa algo más que una frase bonita y otra cita para dentro de 14 años.

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