Tuesday, January 17, 2012

FÁBULA DEL ÁGUILA IMPERIAL Y LA MOSQUITA




A un pobre infeliz inflado de egolatría, desafiante de Dios y de los hombres, crédulo de su infatuada inmortalidad, banal como su ignorancia, estúpido como su logorrea se lo han dicho en su cara. Y él, que hace 13 años parecía invencible, inmortal, omnipotente, vencedor de todos los combates, ha quedado anonadado como Lot volviéndose al pasado. Una mosca devorándose un águila que ya no vuela. La historia es implacable. Nada ni nadie podrán rebobinarla jamás. Como decían los aztecas: es la serpiente que se devora a sí misma.


A Henrique Machado, amigo.


por Pedro Lastra

“Hecho de polvo y tiempo el hombre dura menos que la liviana melodía”
Jorge Luis Borges

La historia es implacable, como el tiempo, que es su esencia. Y corre en una sola dirección. Las máquinas imaginadas por el hombre para hacerla retroceder no son sólo absurdas, sino imposibles. De allí que el hombre, ansioso por estar donde no pudo estar, la recree literaria, académica, artísticamente. A pesar de lo cual no faltan quienes aterrados ante la inexorabilidad del futuro, corren a refugiarse en los museos del pasado. Escapando de peligros reales, como la muerte merecida en castigo por sus felonías, o de la realidad real que lo espanta: jugar a ser el héroe redivivo que se asomara por un instante fugaz para ser llevado a su vez por la ráfaga del tiempo. Terminando por yacer hecho cenizas ultrajadas.

He visto elevarse y caer como cometas fugaces a grandes figuras de la historia que el tiempo me asignara. Vi a Kennedy triunfal ultimado por la conspiración asesina. Vi a Johnson asomarse intruso en una historia que no era la suya para evaporarse ante nuestros ojos como un don nadie. Vi a Nixon, tenaz y siempre urgido, llorar ante las cámaras ultrajado por el tiempo. Vi a Allende caer asesinado por la felonía de militares traidores, obligado a ejercer el supremo acto de lealtad a su propia honra quitándose la vida con la última ráfaga de su fusil ametralladora. Vi a Mao, al que adoraba con una estrella roja en mi boina de estudiante, morir abrumado por su concupiscencia, su abotagada maldad, sus crímenes populosos. Otros murieron, despreciados por el tiempo. He visto la muerte de dos presidentes que tuvieron la imprudencia de expropiarle a Venezuela la mitad de su frágil tiempo en democracia. Y vi la de otros de los que ni siquiera va quedando el olvido.


¿Qué son los anales de la historia sino la abrumadora acumulación de potentados, poderosos, ricos y dueños de almas y bienes que fueron arrasados por el tiempo? ¿Quién fue más el hombre más poderoso de la tierra en esos vertiginosos 13 años de dominio si no Adolf Hitler, que juraba que su reino viviría mil años y se le evaporó entre los gases que lo incineraban a las puertas de sus derrumbadas casamatas? Todos los césares romanos, todos los emperadores del sacro imperio romano germánico, todos los reyes de todos los reinos de Asía, Europa, África, constructores de armadas invencibles, de muros infranqueables, de mundos siempre despiertos pues en ellos no se ponía el sol: ¿dónde quedaron sus despojos, dónde sus obras?


A un pobre infeliz inflado de egolatría, desafiante de Dios y los hombres, crédulo de su infatuada inmortalidad, banal como su ignorancia, estúpido como su logorrea se lo han dicho en su cara. Y él, que hace 13 años parecía invencible, inmortal, omnipotente, vencedor de todos los combates, ha quedado anonadado como Lot volviéndose al pasado. Una mosca devorándose un águila que ya no vuela. La historia es implacable. Nada ni nadie podrán rebobinarla jamás.

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