Monday, April 25, 2011

EL EXTRAÑO CASO DE LA DESAPARICIÓN DE LAS FARC DE VENEZUELA

por Virginia Contreras

Muchos se preguntan qué habrá por detrás de los pasos que recientemente han unido a mandatarios tan disímiles como Juan Manuel Santos, de Colombia; Hugo Chávez, de Venezuela; y Porfirio Lobo, de Honduras. La respuesta es muy sencilla: Barack Hussein Obama.

Aún cuando ha sido imperceptible para algunos, los hechos han venido desarrollándose desde meses atrás, en donde han convergido tanto los intereses del mandatario colombiano, por mejorar su política exterior con la vecina Venezuela, como la necesidad del presidente norteamericano de impedir cualquier atisbo de crisis en Latino América.

Si bien resulta difícil señalar desde cuándo el presidente Obama ha tenido entre sus planes presentarse para la reelección presidencial, es obvio que esa posibilidad ha debido rondar por su cabeza desde hace tiempo. Y es que cuatro años pasan volando, más aún cuando el mandatario no las ha tenido todas consigo. Casos como la reforma del sistema de salud, propiciada por él, hoy en día están en el banquillo de las Cortes norteamericanas en más de veinte estados, y ya ha sido anulada por inconstitucional en Virginia (parcialmente) y en Florida (en su totalidad). La reforma migratoria, anzuelo para atraer el voto latino, en vez de beneficiar a este esperanzado sector de la población, se ha convertido en un boomerang. Tanto así, que “sólo en los nueve primeros meses de su gobierno se produjeron casi el doble de deportaciones que hace cinco años”, según lo ha ratificado la “Transactional Records Access Clearinghouse” (Trac), de acuerdo a los datos de la Oficina de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE).

Esto, sin contar las graves diferencias que se han producido en relación con aspectos vinculados a la política exterior del actual gobierno estadounidense en materia de defensa, como la situación en Afganistán, hecho que además de haber causado serias diferencias con importantes autoridades de las fuerzas armadas de los Estados Unidos -por la manera cómo se ha implementado la estrategia- en la práctica pareciera no avizorar un futuro mejor. Lo evidencian tanto las listas de soldados norteamericanos muertos en acción, como la amenaza que significa el que el conflicto se trasladara hacia países vecinos de aquél, como Pakistán.

La mala suerte ha sido tal para el presidente Obama, que ni siquiera hechos de menor envergadura, como la oferta de eliminación de la cárcel de Guantánamo, o la sustitución de los procesos militares, por juicios civiles a los allí detenidos, han podido materializarse.

Políticas éstas, sin incluir otras de mucho mayor interés para el grueso de la población estadounidense, como la crisis económica, y todos los aspectos vinculados con ésta, como el desempleo, el recorte o no de los impuestos, la situación inmobiliaria, la disminución del gasto público, entre otras, lo cual ha llevado al jefe de Estado a una considerable disminución de su popularidad. Si a esto le incluimos la pérdida de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos, en las pasadas elecciones parlamentarias, el reto que tiene entre manos el mandatario, si quiere continuar viviendo en la Casa Blanca, no es poca cosa. Comprenderemos entonces el interés de eliminar toda huella de crisis, o tensión política -al menos a simple vista- en el continente.

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