Friday, January 28, 2011

QUERER TAPAR EL SOL CON UN DEDO

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Angélica Mora

Florida

Apuntes de una Periodista

El régimen de La Habana puede llevar a cabo todas las campañas que quiera, para tratar de impedir que los cubanos se enteren que hay revueltas y derrocamientos de gobiernos dictatoriales y que los pueblos están luchando y exigiendo mejores condiciones de vida.

Raúl Castro puede ordenar campañas contra las antenas parabólicas, "por donde llegan mensajes desestabilizadores e injerencistas, ajenos a los valores culturales que dignifican al ser humano".

Puede enviar a cientos de inspectores a que se suban a los techos para desmantelar las antenas, argumentando que lo hace dentro de "la defensa de la soberanía radioelectrónica" del país.

Puede enviar otros más, a encontrar a quienes las fabrican y meterles varios años de cárcel por conspiración contra la Patria.

Y puede ordenar a los segurosos que acosen -además de los activistas- a la población en general, para que diga dónde diablos se encuentran las parabólicas.

(Por rumores se sabe que las "parabólicas están camufladas en lugares ingeniosos: disfrazadas de toneles de agua, paredes huecas o tendederos de ropa, pero se ignoran las localizaciones exactas. Encontrarlas rápido ahorra el tiempo que se dedica al acoso de los opositores).

El Heredero Cubano puede exigir que los segurosos redoblen la persecución contra los vendedores de tarjetas -que captan las señales de los satélites- y también ordenar que los metan a la cárcel y pierdan las llaves.

Pero el Dictador II no puede impedir que el flujo de información no esté en la calle de lo que está pasando en el mundo, con interé para los cubanos.

La Cúpula gobernante quiere que la Cortina de Caña sea impenetrable, pero en esta era moderna nada se puede ocultar.
Por eso hoy -como la noticia de la Caída del Muro de Berlín en 1989- la información de las diferentes protestas mundiales ya está en la calle y todos los cubanos la saben. Se han enterado del derrocamiento del dictador de Túnez y de las luchas contra los gobernantes a quienes les gusta eternizarse en el poder.

Pese a la fuerte censura del gobierno de La Habana, a la Isla entran y salen noticias.

Me cuentan por ejemplo, que no hay quien no comente hoy en Cuba las revueltas en Egipto, que están trastornando el milenario sueño de las momias e inquietando, de paso, a las de Cuba.

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