Tuesday, November 30, 2010

VENEZUELA: PROMESAS Y AMENAZAS, LA DIARIA RACIÓN

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Sesquipedalia

Humberto Seijas Pittaluga

Hay un cuento de gallegos que explica que un campesino decidió que, para ahorrar en alimento para animales, iba a enseñar a su caballo a trabajar sin comer. Y la enseñanza iba de lo mejor hasta que, cuando el jamelgo ya casi estaba aprendiendo, ¡se murió! Igualito al caballo del cuento nos está sucediendo a los venezolanos: ya son doce años que tiene el régimen tratando de que disminuyamos la ingesta y la calidad de vida para, con el dinero que ahorre por nuestros sacrificios, seguir comprando amigos a nivel internacional. Hemos estado varias veces al borde de la libreta de racionamiento, idea que siempre ha estado en la mente de Boves II y sus ineptos ministros porque, como no saben producir, tendrían que restringir el acceso a los productos. Sobre todo si son de esos que, según ellos, no son sino remedos de vicios capitalistas, como desodorantes, jabones y papel higiénico. La justificación está en un secreto que Fidel le susurró al oído a su hijo putativo: “Nosotros, en Cuba, tenemos cincuenta años sin usar esas cosas, y nadie se ha muerto por eso.”

La ineptitud oficial la tapan de forma diversa: para el menos del tercio de la población que no ha abierto los ojos ante la incapacidad y negligencia rojas y les sigue creyendo, ¡promesas! Las mismas de hace doce años; no han inventado una nueva. Pero amenazas y más amenazas contra las casi tres cuartas partes de los venezolanos que sabían desde el principio, o que han ido gradualmente descubriendo la incompetencia, la ignorancia y el paterrolismo de quienes debieran estar al frente de las responsabilidades nacionales. Amenazas, de esas sí inventan una nueva cada día.

Cuando el tipo aparece disfrazado de bandera —para tratar de hacer creer que él y la patria son una misma cosa—, ¡ténganse duro los que han creado industrias y comercios, han construido edificios y viviendas, han sudado en fincas y hatos, o han logrado alguna boyancia económica! Alguna medida expoliadora nueva, fuera de lo que prescribe la Constitución, trae entre manos. Porque el tipo no construye, prefiere apropiarse, manu militari de lo que el ingenio, la iniciativa, el sacrificio y el sudor de los particulares ha logrado. Y si fuese para mejorar en algo la circunstancia, quizás uno pudiera hacerse el loco. Pero es que es la antípoda del rey Midas: todo lo que toca y que era de oro, lo vuelve boñiga, por decir lo menos. Se cogió las cementeras y las fábricas de cabillas dizque para dinamizar la construcción; ahora no se consiguen esos insumos (a menos que el interesado descienda del équido estéril ante alguien trajeado con una costosa chemise roja). El siguiente paso, al no tener nuevas viviendas que mostrar, es cogerse las que ya están construidas. El domingo — disfrazado de bandera, por supuesto— salió a repetir su palabra favorita, “¡exprópiese!”, para hacer creer que con esa confiscación de unas dos mil casas (que ya tenían dueño) va a solucionar el problema de los damnificados por los aguaceros. Y, hablando de eso, ¿han visto hasta dónde llega la demagogia desenfrenada, dando alojamiento en Miraflores a varias familias? ¿Es que no hay unas instalaciones más aptas y menos costosas que el Salón del Consejo de Ministros para aliviar el padecimiento de esa gente?

En el párrafo anterior utilicé el imperativo (que es el modo preferido de los déspotas) del verbo “expropiar” pero en realidad eso es sólo de sus rebultados labios para afuera. En la inmensa cavidad craneal casi vacía —con una única circunvolución cerebral que medio sirve— el verbo que retumba es: “confísquese”. Porque eso es en realidad lo que hace el régimen: quitar sin que haya el “oportuno pago” que exige el texto constitucional.

Uno no deja de preguntarse, ¿cuántos puestos de trabajo nuevos se han logrado con las expropiaciones de la CANTV, Éxito, bancos y otras empresas similares? Y la repuesta es: ninguno. ¿No hubiera sido más favorable para la nación que, en vez de estatizar a Sidor, con esa plata se hubiese hecho una acería más moderna y eficiente? Lo mismo con el dinero que se pagó a la Electricidad de Caracas; si con este se hubiera levantado una empresa generadora de electricidad del mismo porte de aquella, ¿estuviésemos pasando por la crujía de los apagones pasados, actuales y venideros?

Algún día, muchos venezolanos, empezando por el inquilino de Miraflores (a quien le quedan, cuando mucho, dos años de residencia allí), tendrán que entender que “patria”, “Estado” y “gobierno” no son sinónimos. “Partido”, mucho menos. Y que, por tanto, los entes del Estado no tienen que “radicalizarse”, como lo exigió en esa payasada que dizque era un “Acto de Estado”. ¿Cómo puede ser “de Estado” algo en el cual la oradora de orden no es una connacional sino una extranjera que no sabe hablar en español? Y a quien hay que tenerle el profundo desprecio que se merece una persona que viene —pago jugoso mediante— a hablar mal de su país de origen y a acusar a venezolanos respetables.

hacheseijaspe@gmail.com

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