Wednesday, September 22, 2010

EL BALANCE DE CASTRO

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Fidel Castro, de 84 años, puede tener una visión deficiente, pero se ha dado cuenta de algo: “El modelo cubano ya no nos sirve ni a nosotros”. Por tanto, el secreto es oficial. Y no hay alegría entre el distinguido alumnado, si queda alguno vivo, de los días dorados de Les Deux Magots.

Por George Will

DIARIO DE AMERICA

En ese café de París, imán de turistas hoy, fue donde, antes y después de la Segunda Guerra Mundial, Jean-Paul Sartre y los suyos cotejaron apuntes acerca de lo insustancial de la vida y la amenaza estadounidense. De esto último, un importante rotativo, Le Monde, sentenciaba en editorial el 29 de marzo de 1950: “Coca-Cola es el Danzig de la cultura europea”. (Historia antigua: Danzig es la ciudad polaca — alemana según Alemania — que fue una mecha del inicio de la guerra).

Para los pensadores en boga, Castro era un presagio feliz de, entre muchas otras cosas más, la “democracia sin representación”. Llegó al poder el 1 de enero de 1959, y al año siguiente llegaba Sartre a explicar, al estilo de los intelectuales parisinos, el Significado.

Como todo hijo de vecino habituado a los tiempos que corrían por entonces — universitarios de cuello vuelto negro riguroso; fanáticos de cintas extranjeras (que no “películas”, Dios nos coja confesados) — Sartre era un existencialista. Un crítico llamó al existencialismo la fe en que, dado que la vida es absurda, la filosofía también debe serlo. Pero la peregrinación de Sartre le condujo, con Castro, a los parajes de Cuba. Allí recalaron en un velador a beber limonada y experimentar una epifanía.

La limonada estaba caliente, de manera que Castro se acaloró, diciendo a la camarera que el bebedizo “evidencia la falta de consciencia revolucionaria”. Ella dijo que la nevera se había roto. Castro le “gruñó” (según la favorable crónica de Sartre) diciendo que ella debía “decir al encargado que si no quiere ocuparse de sus problemas, tendrá problemas conmigo”. Al instante Sartre comprendió “lo que significa ‘democracia sin participación’”:

“Entre la camarera y Castro se estableció un acuerdo inmediato y secreto. Ella dejó ver a través de su tono, sus sonrisas, un gesto de indiferencia, que no tenía ilusión ninguna”.

Medio siglo más tarde, Castro parece entenderla por fin. El que proclamó en su juicio en 1953 que “La historia me absolverá” puede haber perdido por fin la ilusión más destructiva de la política moderna, la idea de que Historia es nombre propio.

La noción rezaba que Historia es algo autónomo con una lógica progresiva que, satisfecha a la vanguardia de unos pocos perspicaces que entienden sus mecanismos, termina en un paraíso planificado. De ahí que, como escribió Czeslaw Milosz en “La mente cautiva” en 1953, los comunistas estén convencidos de que el deber de los intelectuales no es pensar sino entender exclusivamente.

Al decir lo que dijo hace poco acerca del “modelo cubano” (lo declaró a Jeffrey Goldberg, del Atlantic), Castro parece haberse convertido en la última persona ajena al régimen norcoreano en entender la forma en que el estatismo asfixia a la sociedad. De ahí los planes de la administración cubana de desprenderse de 500.000 funcionarios.

Esto se acompaña de unas cuantas medidas más, como el proceso de privatización de los salones de peluquería femenina y las barberías — siempre que no tengan más de tres puestos peluqueros. Con cuatro o más, siguen siendo empresas públicas. Así es la “reforma” bajo socialismo en una nación que en 1959 era, según un amplio abanico de índices sociales y económicos, una de las cinco naciones más avanzadas de Latinoamérica, pero que ahora tiene una renta media mensual en torno a los 20 dólares. Muchos pacientes hospitalizados tienen que llevarse sus propias sábanas. Muchos miles de médicos cubanos trabajan en Venezuela, que está apoyando a Cuba de forma muy parecida a como la apoyó la Unión Soviética.

Tras la invasión de Bahía Cochinos de abril de 1961 — el que quizá sea el ejercicio más incompetente de la fuerza estadounidense nunca visto — Robert, el hermano del Presidente Kennedy, declaró Cuba “la principal prioridad del gobierno de los Estados Unidos — todo lo demás es secundario — no se reparará en tiempo, dinero, esfuerzos ni efectivos”. Desde entonces, la retórica ha sido feroz mientras las dos formaciones han competido por los votos de la diáspora cubana de 1,6 millones de integrantes en América, especialmente en Florida, el mayor estado clave de las presidenciales. Por ejemplo, en 1992, el candidato Bill Clinton prometía “agotar por completo” a Castro, que ha sobrevivido a la desaprobación de 11 presidentes estadounidenses.

En la actualidad, la política estadounidense de aislar a Cuba por medio de embargos económicos y restricciones a los desplazamientos satisface dos objetivos de Castro: Proporciona una excusa a las condiciones sociales de Cuba, y aísla a Cuba de algunas de las fuerzas políticas y culturales que tumbaron al comunismo en Europa Oriental. El undécimo presidente, Barack Obama, que nació más de dos años después de que Castro se hiciera con el poder, podría desear pensarse mejor esta política, ahora que hasta Castro tiene dudas de sus fundamentos.

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