Thursday, July 29, 2010

MAURICIO

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Tal Cual,
Venezuela, 29 de julio, 2010

El pasado viernes, sin querer, me tropecé en el pasillo de una clínica con el señor Mauricio. No lo veía desde los días finales de febrero, cuando la imagen televisiva me lo devolvió cabizbajo, envuelto en un aire mustio, la mirada perdida y llevando dos cajas hacia no sé qué lugar. Quedaba poco del comerciante simpático y obsequioso que atendía con su gran sonrisa en un pequeño local del edificio La Francia

Por: Elizabeth Araujo

El pasado viernes, sin querer, me tropecé en el pasillo de una clínica con el señor Mauricio. No lo veía desde los días finales de febrero, cuando la imagen televisiva me lo devolvió cabizbajo, envuelto en un aire mustio, la mirada perdida y llevando dos cajas hacia no sé qué lugar. Quedaba poco del comerciante simpático y obsequioso que atendía con su gran sonrisa en un pequeño local del edificio La Francia.

La desgracia le abatió como un rayo furibundo aquel domingo 7 del mismo mes, cuando Hugo Chávez se paró en plena Plaza Bolívar y como cualquier militar en un cuartel frente a la tropa ordenó ¡exprópiese! De eso han pasado ya cinco meses, tiempo corto pero suficiente para que la tragedia le siguiera los pasos al comerciante, lo enfermara y lo reencontrara en un estado tal de postración que no logró reconocerme.

Al señor Mauricio no sólo le expropiaron la joyería donde trabajaba y daba trabajo a cinco venezolanos sino que, al quedar registrados sus datos personales, según formalidades de quienes cumplieron la orden de desalojo, alguien precisó su dirección, llegó a su residencia quince días después del cierre del comercio, y ejecutó un asalto tipo comando para arrebatarle las joyas que conservaba, no sin antes propinarle una golpiza que tres días después le produjo el infarto.

Por fortuna ¿se podrá decir así? , el señor Mauricio sobrevive, al menos en la delicada condición en la que pasó por mi lado, tambaleante, junto a su esposa por los pasillos para su consulta. Quiere el destino que escriba estas líneas, justo cuando el Presidente vuelve a asaltar las pantallas de los televisores para hacer un nuevo llamado a la defensa de la patria y de los dones que la revolución le ha regalado a los venezolanos, con la advertencia de que esta vez el territorio nacional puede ser agredido por aviones colombianos que despegarán de las bases militares gringas alojadas en el vecino país.

Autoproclamándose ahora como "Mauricio", según el santo y seña con el cual los conspiradores lo identificarían para ejecutar el plan macabro de su derrocamiento, tal y como lo relata la carta enviada directamente desde el imperio, veo ahora a un hombre angustiado, exhortándonos a "comer piedras" si la crisis se acentúa cuando decida dejar de enviar petróleo a Estados Unidos, y vendiendo la imagen de víctima que no se compadece con los desastres que su gestión de once años ha dejado en el país.

Si hubo un plan para aniquilar a Mauricio, expropiándole su modesto negocio y reduciéndolo al nivel de sus miedos, ya lo hicieron. El Mauricio impetuoso y emprendedor, cuya vida se basaba en sentarse detrás de un mostrador para vender sortijas de graduaciones de bachillerato y dijes para los novios pobres, no es el mismo que vi el pasado martes por el pasillo del hospital, con el alma triste y la luz demorándose en el rostro. El plan se ejecutó el 7 de febrero de este año. Que nadie lo olvide.

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