Monday, March 29, 2010

OTRA RADIOGRAFIA DE LA TRAGEDIA CUBANA

Otra Radiografía de la Tragedia Cubana
Lunes, 29 de Marzo de 2010
Abel German
Columnista - España - LNC

Al fin ocurrió: Obama ha criticado al régimen de La Habana con una dureza de la que hasta ahora había preferido prescindir, y los Castro deben sentirse aliviados: a juzgar por estas declaraciones, una vez más, se han sacudido del hombro el peso de esa mano. Pero no hay que culpar a nadie. El régimen cubano no puede actuar de otra manera; tampoco puede hacerlo un presidente democrático. Ése es el gran dilema en el que Cuba se halla atrapada: en la incompatibilidad de la naturaleza de cada posición. Suponer que Fidel y Raúl Castro van a propiciar un cambio hacia la democracia porque se les estreche la mano y se ignore a la disidencia, como pretende el Gobierno de España, es tan ingenuo como creer que, por lo mismo, van a aceptar ningún gesto amistoso por parte de EE UU.
Y la causa, por supuesto, no es, como dicen los aliados de la dictadura, la natural desconfianza hacia un Gobierno imperialista cuya historia se encuentra plagada de estratagemas. ¿Acaso es necesario decir cuál es? Por respeto a quienes me lean, no lo haré.

Diré, en cambio, que esta variación en el tono del presidente estadounidense, refleja pues la tragedia cubana.

Me explico: Obama, en referencia a la muerte de Zapata y al hostigamiento sufrido por las Damas de Blanco, expresó: "…y la intensificación del hostigamiento a quienes se atreven a expresar los deseos de sus conciudadanos cubanos son sumamente preocupantes”. Y añadió: "Estos sucesos destacan que, en vez de aprovechar la oportunidad de entrar a una nueva era, las autoridades cubanas siguen respondiendo a las aspiraciones del pueblo cubano con el puño cerrado”.

O sea (y es lo que quiero destacar), en el gráfico de las relaciones entre ambos gobiernos desde 1959 hasta la fecha, Obama ha regresado a lo que sería la línea promedio. Lo que no significa un retroceso; tampoco un avance. Significa sólo eso: una vuelta en dicho gráfico a la línea promedio. A su punto muerto. Y el golpetazo de los “soñadores” contra la realidad.

Pero, como digo más arriba, nadie tiene la culpa. El régimen necesita del retorno a esa “normalidad”, y el presidente de EE UU no puede evitar que se produzca. Como digo, está en la naturaleza de ambas posiciones. Por eso hasta el Gobierno español, que de momento se ha mostrado menos específico, ha tenido que introducir importantes matices en sus intenciones. (Lo que, entre paréntesis, debe haber divertido bastante a los jerarcas de la isla; digo, si es que a tan coléricos y sombríos personajes puede atribuírseles algún sentido del humor.) Y es que no hacerlo (no actuar cada cual según su esencia) sería, como mínimo, paradójico.

Ahora bien, de lo que escribo en realidad, insisto, es de cómo estas declaraciones reflejan la tragedia cubana. Porque, así como ciertas enfermedades no son la desgracia que son tanto por sí mismas como por la imposibilidad de tratarlas; asimismo esa tragedia no es sólo el hecho de la dictadura en sí, que también, sino (sobre todo) la dificultad que plantea su destrucción y la posterior democratización de Cuba.

No se olvide ni un solo segundo que llevamos medio siglo de embargo comercial; de presiones diplomáticas; de enfrentamientos ideológicos; incluso de planes y acciones violentos; y, sin embargo, ahí está Fidel Castro, muriéndose de viejo sin abandonar el timón, y Raúl Castro envejeciendo mientras finge que ahora es él quien lo lleva. Tampoco se olvide que en tantos años no han faltado gestos conciliadores desde EE UU y otros lugares, y Fidel Castro siempre, como en la actualidad, ha seleccionado cuidadosamente esos gestos y ha rechazado con un mordisco los que no le han convenido. Ni que, en todo ese largo tiempo, no ha dejado de fusilar, de encarcelar, de perseguir, de discriminar, de acosar y de desterrar a los disidentes, desoyendo con arrogancia las críticas y envaneciéndose ante los halagos de quienes se han negado (y se niegan) a separar la ideología del sendero que el régimen cubano traza con sangre y que, supuestamente, según estos apologistas, conduce, entre las ruinas que él mismo ha creado, al paraíso que esa ideología promete. Y todo ello pese a esos gestos diplomáticos de “buena voluntad” o aquéllos otros, militares o casi, de confrontación.

Pero no lo escribo con desaliento.

Sí, la declaración de Obama apunta en la dirección que mejor conocemos: la de la Guerra Fría. El escenario en el que el régimen medró durante la segunda mitad del siglo XX, aunque con nuevo atrezo. Lo que viene a significar que el barco de esta historia vuelve al río cuyo cauce es la inundación. Es cierto. Sin embargo, si miramos al contraluz esta radiografía, hay un dato importante: el tumor que mata al régimen es completamente visible. Al margen de lo que diga o deje de decir Obama desde EE UU; o de lo que en el terreno diplomático intente hacer el Gobierno de España en Europa; o de lo que hagan los gobiernos populistas latinoamericanos con el seudo Mussolini de Venezuela a la cabeza; al margen del mundo, el régimen castrista se desmorona con los Castro. Es decir, lo hace por sí mismo, sin lustre, con pataleos y resabios que van opacando el poco brillo que el betún ideológico pueda darle. Sin dudas, el viejo símbolo se desluce cada vez más en la vitrina de los sueños, devenidos en monstruosas pesadillas, del pasado siglo.

¿Qué surgirá de esas ruinas? Ése es el otro problema. Pero es el problema del futuro. Y las radiografías no suelen informar demasiado al respecto.
De momento, eso sí, mantengámonos alertas.
Ese cambio de tono por parte de Obama, más las matizaciones que llegan desde Europa, pueden ser utilizados por el régimen como leña para alimentar su hoguera inquisitorial y, a la vez, producir el humo con que ocultar sus tropelías.
Experiencia en tales menesteres es lo que le sobra. Sólo que, a estas alturas, expertos somos todos.

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