Wednesday, March 31, 2010

EL COCO, MI ESPOSA Y YO

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(foto de Luis Felipe Rojas)

Agustín Miranda
Desde aquella foto guardo el calor con que nos abrazó a mí y Exilda, mi esposa. Nos hizo arrimarnos a una mesa donde bebían jugos naturales y enseguida nos preguntó por el niño, por las pedradas que nos habían sonado
en las ventanas por aquellos días que nos dieron un acto de repudio. Era todo preocupación.
Varias veces intentamos indagar sobre su salud, pero se le atascó la cremallera del bolso y hasta que no sacó un ejemplar de La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa para regalarnos, no nos volvió a atender. Lo envolvió en una bolsa plástica y sabía que ese obsequio era más que cualquier objeto de valor.
El “Coco” se ha echado encima la cruz que muchos cubanos no supimos cargar, o que el miedo no nos deja llevar. Su batalla no es autoflagelación porque no lo lleva como penitencia sino como liberación de ese temor que
tan bien atinó a describir en “Radiografía de los miedos en Cuba”, la excelente edición que la editorial Voces de Cambio preparó hace algún tiempo.
Ahora el gobierno cubano vuelve a estar contra la pared. Un solo hombre ha puesto a la vieja maquinaria propagandística de La Habana a trabajar horas
extras, hacer “trabajo voluntario” y poner a los reservistas del poligráfico Granma en pie de lucha para desinformar al pueblo a 24 mentiras por segundo, como si esa película ya no la hubiéramos visto antes, sólo que los espectadores de hoy están al aire libre y no tienen que pagar el boleto para entrar a un cinematógrafo con las paredes desguazadas por el vendaval de verdades que se descubren a la luz pública

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