Friday, February 26, 2010

MORIR DE DIGNIDAD

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Simón Boccanegra
TALcUAL
Venezuela
Horror, consternación y un hondo sentimiento de repudio y condena es lo único que puede expresarse ante la muerte de Orlando Zapata Tamayo, cubano, albañil, negro, preso político de un régimen al cual el sacrificio de Zapata Tamayo desnuda en toda su infinita crueldad e inhumanidad.

El hombre murió defendiendo un solo derecho: que se reconociera su condición de preso político y no la infamante de delincuente común. Las espantosas y escandalosas peripecias de su detención y huelga de hombre son dignas de la historia universal de la infamia.

Detenido en la gran redada de 2003 contra 75 disidentes, fue condenado inicialmente a tres años de prisión, pero luego, a raíz de su indeclinable exigencia de respeto a su condición humana y política se le fueron acumulando condenas adicionales, hasta llevarlas a 32 años de presidio. A quien le resulte difícil creer esta monstruosidad, le voy a recordar un episodio que viví personalmente.

Hacia la época en que debía cumplirse la condena a veinte años de prisión de Huber Matos, el entonces embajador cubano en Venezuela, Norberto Hernández, me comentó que su gobierno estaba estudiando montarle encima una condena adicional por otros veinte años. Ante la arrechera que le expresé por tamaña barbaridad, se salió de la suerte con lo que quiso ser una gracejada.

Pero ahora veo que no bromeaba. A la luz de lo que ha ocurrido con Zapata Tamayo, no me queda duda de que al gobierno cubano le pasó por la cabeza la aberrante idea de condenar dos veces por la misma causa a Huber Matos.

Tal como la Thatcher, la implacable Dama de Hierro británica, famosa por su fanatismo ultraconservador, quien dejó morir a dos activistas del IRA irlandés en sus huelgas de hambre, el régimen fidelista dejó morir a Zapata Tamayo simplemente por no reconocer su mínimo derecho a ser tratado como un ser humano. Ni siquiera exigía su libertad; apenas quería que fueran reconocidos sus derechos como preso político.

Pero es que bajo esa dictadura brutal, todo el que se atreva a cuestionar la ilimitada autoridad del ya senil sátrapa, es tratado como demente cuando no como un delincuente común y condenado a penas brutales.

Y, a propósito, ¿qué pasa con Franklin Brito?

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